Durante quince días el alazán había buscado en vano la senda por donde su compañero se escapaba del potrero. El formidable cerco, de capuera - desmontante que ha rebrotado inextricable-, no permitía paso ni aun a la cabeza del caballo. Evidentemente no era por donde el malacara pasaba. El alazán recorría otra vez la chacra trotando inquieto con la cabeza alerta. De la profundidad del monte, el malacara respondía a los relinchos vibrantes de su compañero, con los suyos cortos y rápidos, en que había, sin duda, una fraternal promesa de abundante comida. Lo más irritante para el alazán era que el malacara reaparecía dos o tres veces en el día para beber. Prometíase aquél entonces no abandonar un instante a su compañero y durante algunas horas, en efecto, la pareja pastaba en admirable conserva. Pero de pronto el malacara….