| "Una noche, descorazonado, subí a la colina. Los matorrales me cerraban a menudo el camino. Abajo se ordenaban los faroles de los suburbios. Las ventanas, con las cortinas bajas, eran ojos cerrados, que observaban interiormente la vida de los sueños. Más allá de la sombra del mar, latía un faro. Arriba, oscuridad. Distinguí nuestra propia casa, una islita en las tumultuosas y amargas corrientes del mundo. Allí durante una década y media, nosotros dos, de características tan distintas, habíamos crecido apoyándonos y alimentándonos mutuamente, en una intrincada simbiosis." |