"En marzo de 1902 llegué a Praga. Venía de Dresde. Desde Bodenbach, donde se halla la aduana austríaca, las maneras de los empleados del ferrocarril me demostraron que la rigidez alemana no existe en el imperio de los Habsburgo. Cuando en la estación pregunté por el depósito de equipajes para dejar allí mi valija, un empleado me la quitó de las manos y, sacando de su bolsillo una papeleta muy ajada y grasienta, la partió en dos y me dio una mitad, recomendándome que la guardara cuidadosamente."