"Grande es mi deuda con mis queridos padres (ambos ya en el cielo) por los hábitos de orden y regularidad que lograron inculcarme siendo yo muy pequeña. En aquella feliz época ya ida se me enseñó a tener el cabello bien peinado a toda hora del día y de la noche y a doblar cada prenda de mi traje pulcramente, de la misma manera y sobre la misma silla, situada ésta siempre en el mismo sitio, esto es, a los pies del lecho, antes de retirarme a dormir. Una mención de los acontecimientos del día en mi pequeño diario precedía siempre al plegado de las ropas. La oración de la noche (dicha en la cama) sucedía invariablemente al plegado. Y el dulce sueño de la niñez sucedía en la misma forma invariable a la oración..."