"CUATRO hombres, cada uno con derecho «a la vida, a la libertad y a la conquista del bienestar», jugaban al whist sentados a una mesa. El termómetro señalaba -para ellos- ciento un grados de temperatura. La habitación estaba tan oscurecida que apenas era posible distinguir los puntos de las cartas y las pálidas caras de los jugadores. Un punkah viejo, roto, de calicó blanco removía el aire caliente y chirriaba, lúgubre, a cada movimiento. Fuera reinaba la lobreguez de un día londinense de noviembre."