Hace dos noches, a las 10:44 hora de Greenwich en la Tierra, Simone Tiesso
Wakefield saludó al universo. Fue una increíble experiencia. Yo creía haber sentido
emociones fuertes antes, pero nada de lo acontecido en mi vida —ni la muerte de mi
madre, ni la medalla olímpica de oro en Los Angeles, ni mis treinta y seis horas con
el príncipe Henry y ni siquiera el nacimiento de Genevieve bajo los vigilantes ojos de
mi padre en el hospital de Tours— fue tan intenso como mi alborozo y mi alivio
cuando, finalmente, oí el primer llanto de Simone.