"Philip Osborne y Robert Graham eran amigos íntimos. Este último había ido a pasar el verano en cier¬tos manantiales medicinales en las afueras de Nueva York, el recurso a los cuales había sido prescrito por su médico. En cambio, Osborne -de profesión abogado y con una clientela en veloz aumento- había quedado confinado a la ciudad y había aguantado que junio y julio pasaran no inadvertidos, bien lo sabe Dios, aunque sí enteramente inapreciados."