Érase una vez un estudiante, un estudiante de verdad, que vivía en una
buhardilla y nada poseía; y érase también un tendero, un tendero de verdad,
que habitaba en la trastienda y era dueño de toda la casa; y en su habitación
moraba un duendecillo, al que todos los años, por Nochebuena, obsequiaba
aquél con un tazón de papas y un buen trozo de mantequilla dentro. Bien
podía hacerlo; y el duende continuaba en la tienda, y esto explica muchas
cosas