Pero la rosa no permaneció mucho tiempo prendida en el pecho. El hombre
la tomó en su mano, y, mientras caminaba solitario por el bosque oscuro, la
besaba con tanta frecuencia y fuerza, que por poco ahoga a nuestro elfo.
Éste podía percibir a través de la hoja el ardor de los labios del joven; y la
rosa, por su parte, se había abierto como al calor del sol más cálido de
mediodía.
Acercóse entonces otro hombre