Don Sinibaldo de Rentería había llegado por sus pasos contados, y sin deber los ascensos a intrigas ni aldabas, a ocupar el puesto de jefe en las oficinas de Hacienda en una provincia de primera clase. No había mejor empleado en el ramo, y nada tenía que ver con su aptitud para el cargo la acalorada fantasía que Dios le había concedido. Dividía la vida en dos partes: de un lado los expedientes con toda su horrible realidad, apremios y embargos inclusive: de otro lado la loca de la casa, que hacía vivir a D. Sinibaldo en perpetua novela interior, en continua hipótesis histórica. Porque él llamaba así a su manía invencible..."