Era ésta la hora suprema en que el gran caballero, después de haber comido con
excelente apetito, se levantaba de la mesa para ir a gozar del más dulce reposo en un ancho y
mullido sillón. Allí entre despierto y dormido, veía al silencio tender sus alas sobre aquella
mansión afortunada, y soñaba tranquilo ya con lo vano y lo pasajero de los goces de esta vida,
ya con la insuperable amargura que la idea de la muerte debe prestar a las conciencias non
sanctas, de cuyo número excluía la suya. Y el buen caballero tenía razón en este punto, porque
pasaba sus días en una balsa de aceite.