que envolvían en cándida niebla los rasgos de la fisonomía, la risa mofadora descubría los
dientecillos, cavaba en las mejillas hoyuelos tentadores. La impresión estética no disminuyó
la mortificación y el enojo de Pedro. Es más: el consejo que le daban tales risas le pareció
propio de gente equívoca y baja. «¡No declarar! ¿Soy algún contrabandista?». El sentido de su
educación inglesa, basada en el respeto al convenio legal, influía en él. «Lo que creí: palomas
torcaces. Lo prueba esta misma confianza que se toman con un desconocido...». Les lanzó una
ojeada desdeñosa, creyendo así paliar lo ridículo de su situación. Las risas continuaban,
plateadas y cortantes; y fustigado por ellas, a pesar suyo volvió Pedro a fijarse en la rubia, a
distinguirla: estaba encantadora; un lunar de terciopelo del velito traveseaba en su sien,
levemente sonrosada por la animación de la broma, y sus facciones ofrecían el movido de una
terracotta nerviosamente modelada.
Sin apresurarse acudió el vista, y su primer