Vivía antaño en nuestra ciudad un aprendiz de un gremio de tratantes en vituallas. Era
un mocito apuesto, aunque de corta estatura, risueño como jilguero del bosque, moreno como
fruta de matorral, con bucles negros diestramente peinados. Por lo bien y galanamente que
danzaba, llamábanle Pedrito el Retozón. Rebosaba amor y ardor como la colmena dulce miel,
de manera que no tenía mala fortuna la moza que con él se encontraba.