paseo, la temperatura tibia del aire y la claridad de la hora, la expresión aristocrática de la fisonomía de usted y los detalles exquisitos de su vestido; la quietud adormecida del paisaje y el olor de White Rose que emanaba del pañuelo de batista que tenía usted en la mano enguantada de piel de Suecia; la luz sonrosada en que la envolvía a usted, al tamizar los rayos verticales del sol, su sombrilla de crespón rojo; la sonrisa desencantada que asomaba a sus labios y la música de su voz al contarme las dificultades con que había luchado al pintar su último cuadro