Para Vávara, contemplarlos fue excesivo. Mientras observaba las proporciones
desnudas de los rústicos, sus labios se abrieron con palabras murmuradas de
significado concupiscente, el aliento caliente de la avidez desenfrenada se elevaba
trémulo de su pecho jadeante. Tenía las fosas nasales dilatadas y las mejillas
arrebatadas. Su cuerpo, rindiéndose más al impulso incontrolable que la consumía que
a una voluntad propia, vibraba hacia